Propongo un método para calibrar la jerarquía de las naciones: están las que determinan los acontecimientos mundiales - asumiendo un margen de imprevisión y fracaso-, y están las que se adaptan a ellos como pueden una vez que han ocurrido. En este sentido, la revuelta de Egipto constituye un síntoma desastroso para el Leviatán occidental. Y muy particularmente, para Obama, que ha vuelto a convertir la retorica en la prótesis de su instrancesdencia ejecutiva.
Si hace apenas unos días, cuando en los sucesos egipcios aún quedaba un resquicio de incertidumbre, la Casa Blanca todavía se negaba a motejar a Mubarak de dictador, ahora que la plaza de tharir ha vencido, el Obama más ventajista da por amortizado al socio devenido en tirano y ensaya comparaciones improvisadas con mitos de la libertad como la caída del Muro.
Con la misma soltura, de prevalecer Mubarak y ser dispersados los manifestantes, Obama habría celebrado un retorno a la estabilidad en la nación amiga. En lo que concierne a Egipto, esta presidencia americana, desbordada por la historia y lastimosamente empeñada en adaptarse a ella cuando ya ha ocurrido, podría haberse apropiado de la célebre frase de Cabanillas; Vamos a ganar nosotros. Lo que aún no sabemos es quienes somos nosotros.
El muro de Berlin no cayó solo, ni lo tiró una revuelta popular. Colapsó porque en EEUU fueron determinantes;" Yo también soy berlinés", y ganaron la Guerra Fría. Como antes al nazismo, junto a británicos y sovíeticos. Ahí queda hecha la descripción de un siglo XX en el que EEUU, aun con sus turbiedades morales y sus dictaduras de contención, se implicaba y decidía el discurrir de las cosas como si ejerciera la capitanía de una civilización cuyos principios eran los de las democracias. En ocasiones pudo equivocarse e incluso perder, pero jamás desertó. La América del siglo XXI, la de Obama, contempla cómo los sucesos que forjan el mundo ocurren sin pedirle permiso, y no le queda sino el recurso de hacer frases bonitas y oportunistas con las que alinearse con el vencedor y tapar la evidencia de que tarde a todo. Este síntoma de decadencia sin duda alegrará a los obsesos del antiamericanismo que aún mantienen vivo el resentimiento comunista. Pero debería inquietarnos. Desde hace miles de años, desde antes de la guerra también bipolar del Preloponeso, el mundo se ha acomodado a una hegemonía que irradiaba valores.

Y entrados en el siglo XXI, uno sigue prefiriendo la hegemonía estadounidense a lo que podrían irradiar otras ejercidas por China o La Yihad. Y no otra cosa sino eso colmaría el vació americano, que va ahondandose mientras Obama hace frases de trilero.