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lunes, 13 de junio de 2011

DE COMO SE VENCIÓ A LA VIRUELA EN EL IMPERIO ESPAÑOL Y LO PELIGROSO QUE ES OLVIDAR EL PROPIO PASADO

Dr. E. Jenner
Las vacunas son un invento de finales del siglo XVIII, de cuando el médico rural inglés Edward Jenner se percató que determinados ganaderos que sufrían una leve infección después de haber manipulado las vacas se volvían inmunes a la viruela, una enfermedad devastadora en aquella época. Cuando Jenner analizó las vacas comprobó que éstas sufrían una afección dermatológica en sus ubres. Estaba pasaba a los ganaderos cuando éstos entraban en contacto con las pústulas, lo que provocaba una enfermedad leve caracterizada por ligera fiebre y erupciones cutáneas que sanaban al poco tiempo. Lo interesante es que Jenner comprobó que esas personas no enfermaban de viruela siendo incluso contratadas para cuidar a enfermos de ese mal y a mover sus cuerpos en caso de fallecimiento, proceder que costaba muchas muertes en lugares donde no se disponía de esta mano de obra inmune.

Jenner pasó la enfermedad de las vacas a un niño de casi 10 años que, tras pasar la leve “viruela de las vacas”, sanó rápidamente. Al poco tiempo Jenner inoculó fluidos de un enfermo de viruela al niño y éste no enfermó, confirmando su teoría de la inmunización. Hoy ese experimento pondría los pelos de punta de cualquier comité de ética, pero afortunadamente Jenner llevaba razón y acaba de inventar un mecanismo para evitar que las personas sufrieran una de las plagas más devastadoras de la época.

Dr. Balmis
Tras la publicación de los trabajos de Jenner, éstos fueron traducidos a multitud de idiomas y para principios del siglo XIX hubo un gran número de médicos dispuestos a utilizar el método de la “vacuna” para combatir la viruela. En esos momentos la viruela asolaba países de todos los continentes, con lo que el interés por encontrar un mecanismo que evitara el contagio era prioritario. A principios del siglo XIX el método vacunal de Jenner llegó a España y, el entonces rey Carlos IV, autorizó su difusión por el país. Y no solamente en territorio peninsular, sino que también a ultramar.
                                                                                                              
Nació entonces una sociedad filantrópica, al mando de la cual el rey colocó al médico y militar alicantino Francisco Javier de Balmis, que tuvo como misión extender la vacuna de la viruela por el mundo, haciendo suyo el lema de una vacuna para todos. Distribuir la vacuna en la península fue empresa no muy complicada, ya que era fácil preservar los fluidos vacunos durante los cortos períodos del trayecto peninsular, el problema surgió cuando se trató de hacer llegar la vacuna hasta América y Filipinas, ya que requerían semanas de travesía.

Balmis ideó un sistema de transporte: embarcó 22 niños que se pasarían la “viruela vacuna” en cadena cada cierto tiempo, para asegurar que al final de la travesía llegaban unos pocos infectados de los que tomar fluidos para poder inmunizar a los residentes en Ultramar. Balmis eligió a 22 niños de orfanatos de La Coruña que embarcaron en el navío María Pita rumbo al Nuevo Mundo. Esa vacuna se fue pasando a diferentes hospitales de América, Filipinas y China, junto con un libro que explicaba el método de la vacunación e instrumental para llevarla a cabo. De esa forma se establecía una red sanitaria para combatir la viruela. La campaña fue un éxito y el primer ladrillo de un edificio que concluyó en la década de los 70 del siglo XX, al erradicar la viruela del planeta tras una campaña internacional de gran calado.

Aquello hizo feliz a mucha gente, como también se sonrió en la España del SEAT 124 cuando las campañas de vacunación bajaban la incidencia de graves enfermedades, especialmente entre la población infantil. Por fin la poliomielitis dejaba de producir paralíticos y la difteria no provoca esas caritas violetan terrible síntoma de la hipoxia provocada por la membrana que forman las bacterias sobre el aparato respiratorio. Pero hoy ya somos ricos, o al menos eso se ha creído alguno y olvidan su propio pasado, que es la mejor manera de volver a caer en los errores cometidos antaño. Afirman que los científicos y las revistas cientificas están comprados por las grandes corporaciones, pero cuando Wakefield publicó en una de esas revistas de esas “pagadas”, como es Lancet, que la vacuna triple vírica puede incrementar la posibilidad de sufrir autismo, entonces sí le hicieron caso, porque ese señor cantaba la misma canción que suena en sus cabezas. Pero la historia pone a cada uno en su sitio, y en este caso se ha demostrado que Wakefield, con apoyo de despachos de abogados que querían sacar tajada de las potenciales demandas por efectos secundarios de las vacunas, falseó los resultados.
 Finalmente se ha tenido que retractar de su artículo, pero esa canción ya no gusta para algunos y la desprecian. Otras personas llenan Internet de vídeos que anuncian un exterminio con la vacuna de la gripe A. Millones de personas han empleado esa vacuna en el mundo, ¿alguien ha notado un holocausto masivo por esa razón?, nadie contesta esa pregunta, ni nadie se lo reprocha a los paranoicos. A pesar de esas bofetazas a sus razonamientos chapuzas y sin ninguna base objetiva que lo sostenga, siguen en su posición inmovilista, esa posición que ha hecho aparecer de nuevo casos de sarampión en los servicios de pediatría de los hospitales españoles. Y no culpemos de ello a la inmigración, son niños nacionales, bien nutridos y con padres que tienen pájaros en la cabeza. En EEUU e Inglaterra han aparecido pequeños brotes de tos ferina que ha matado, sólo en el área de San Diego, a 14 niños. Ninguno de ellos estaba vacunado, en base a modas “new age”, moda a la que no podrán apuntar a sus hijos.Lástima que haya gente que no sepa valorar el ímprobo y desinteresado trabajo de miles de médicos en su lucha diaria contra las enfermedades infecciosas. Por suerte estatuas a Balmis, Pasteur, Fleming o Koch siguen observándonos desde diversas plazas del planeta, recordando sus logros. Logros obtenidos tras duros trabajos de investigación. que ahora algunos desde la comodidad del sofá de su casa parecen incapaces de reconocer. ¡Qué bajo ha caído nuestro sistema educativo!

Redes espaciales